Entorno natural, ciudad e inversión municipal después de la pandemia
La crisis de la COVID-19 ha hecho replantear la concepción de la ciudad. La ciudad se ha hecho más dura y la necesidad de un cambio hacia unos espacios urbanos más naturalizados es más evidente. El bienestar y equilibrio emocional de muchas personas ha empezado a pedir un contacto más grande con los espacios naturales. Las limitaciones de movilidad han hecho que la búsqueda del verde urbano haya llevado a los vecinos y vecinas a descubrir y poner en valor espacios olvidados hasta ahora, los espacios intersticiales y situados a los márgenes. ¿Seremos capaces de darle el valor ecológico y convertirlos en un eje cívico y social de los municipios?
Estamos pasando un luto, estamos inmersos en un periodo de post-ruptura y nos encontramos en proceso de resituación. Nuestros comportamientos son erráticos, a veces contradictorios, pero hemos decidido permitírnoslo, ha sido demasiado traumático. Tenemos desconfianza y recelo. No proyectamos, disfrutamos de los pequeños momentos y procuramos eliminar el pensamiento a medio y largo plazo. Con todo, ¿qué singularidades estamos encontrando en el desarrollo de procesos participativos de planeamiento urbano durante este periodo de puesto-letargo pandémico?
Espacios de resiliencia emocional
Hay una demanda mayoritaria de espacios para pasear y tener contacto con el entorno natural. Para muchas personas el periodo de aislamiento domiciliario ha sido un periodo de descubrimiento de una necesidad intrínseca de contacto con la naturaleza. Durante los periodos de apertura muchas personas han explorado, a veces por primera vez, aquellos espacios más naturalizados de su entorno próximo. La naturaleza se ha convertido en un escudo social y emocional para muchas. No es extraño que casi el 90% de las personas participantes en procesos de planeamiento urbano participativo consideren que hay que integrar más la naturaleza para mejorar la calidad de vida de la gente.
Pulmones intersticiales
Los espacios naturales en ambientes urbanos han mantenido la presencia a pesar de todos los embates urbanizadores de las últimas décadas. Hasta hace cerca de 18 meses, muchos de ellos eran percibidos como espacios residuales, abandonados y desagradables. Ahora que la búsqueda del verde urbano se ha hecho masiva, los espacios intersticiales y de margen han ganado valor ecológico, y social, y se ha evidenciado las limitaciones presupuestarias, históricas, para su mantenimiento y adecuación. Es ahora cuando, después de décadas, se levantan voces sobre la carencia de limpieza de estos entornos, cuando se dejan de percibir como un vertedero para reclamar aumentar el control del incivismo y cuando se solicitan más acciones de educación y concienciación ambiental sobre estos espacios.
Hacia un urbanismo frugal y desconfiado
De las cenizas del modelo social pre-pandémico han salido flores y espacios donde la naturaleza se ha abierto. Preservarlos parece, con el aliento de la pandemia todavía a las espaldas, una puerta de emergencia por el miedo a lo que puede venir mañana. Sin embargo, el estado de transición actual y la desconfianza con lo que puede venir después provoca que primordialmente se propongan actuaciones de bajo coste y poco transformadoras. En un periodo de restricciones económicas donde las desigualdades y las situaciones de vulnerabilidad social emergen se impone una mirada de autorrestricción del gasto que mira con recelo intervenir en estos espacios por miedo y desconfianza. En cambio, las actuaciones sencillas, sensibles y que permitan un uso respetuoso del entorno generan un alto grado de consenso.
Cuando preservar no cura la herida
La opinión mayoritaria, pues, opta por mantener estos antiguos espacios abandonados, que la naturaleza se ha empecinado en recuperar de la manera más inmaculada posible. Las vecinas y vecinos priorizan intervenciones que den preferencia a la preservación de la flora y la fauna de la zona y limite el acceso de personas a determinadas zonas. Los espacios intersticiales y de margen, dejan de ser olvidados y de sufrir una progresiva degradación para devenir un oasis urbano; toda una lección de resiliencia. En esta lección haríamos bien en no restaurar a partir de las cenizas del modelo anterior, sino garantizando la regeneración de estos ecosistemas y corredores verdes. Repensar el urbanismo desde sus márgenes será un baluarte para construir una ciudad más integradora ganando calidad de vida.